Cuando me cansé de ser musa

El primer poema que me escribieron

lo recibí con dieciséis catorces de febrero con el corazón en el taller

y la mirada inocente de quien cree en el amor sin fronteras.

Había esperado toda mi vida para convertirme en musa.

 

Por ese poema besé por primera vez con los ojos cerrados.

Lo escribió un joven aspirante a Bécquer,

Un artista corrompido que ansiaba ser amado para sentirse menos solo.

Ser amado por encima de todo.

Incluso por encima de mí.

Me aprendí cada palabra de memoria

como si fuera el padre nuestro que me llevaría al cielo.

 

Más tarde,

quizás con la perspectiva  y objetividad que da el tiempo,

me di cuenta de que ese padre nuestro

no eran más que una serie de frases prefabricadas

buscando obtener el beneplácito del público.

No me habían dedicado un poema,

sino el discurso de un político corrupto que busca lavarse la cara.

 

Ese fue el momento en el que me prometí

que jamás volvería a vender mi corazón por cuatro versos mal puestos.

No volví a ser la musa de nadie,

pero mi diario no ha podido estar más lleno de tinta.

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Nuestra última noche

Nos dimos una última noche.

Ninguno de los dos estaba preparado para que todo se terminara ahí, en el limbo, en la llamada telefónica más larga de la historia. Nos merecíamos el final más bonito del mundo, porque nuestra historia lo merecía, porque nos queríamos más que nunca. Aunque no pudiera ser.

Nuestros amigos nos miraban asustados, porque poco a poco nos íbamos acercando y eso rompía todas las reglas que nos habían echado desde antes de nacer. Rompía con ese tiempo y espacio que todo el mundo decía que nos teníamos que dar.

Así que te acercaste a mí tímido, y tras un momento de duda, me besaste como la primera vez. Pero me agarraste por la cintura como si el mundo se fuera a terminar, porque así era. El mundo se derrumbaba y nosotros, pese a todo, seguíamos enamorados. Me besaste una y otra vez, desesperado, lento, tierno, apasionado. Toda nuestra historia cupo en ese beso. Tenías miedo de separarte de mí, por si volvía en mis cabales y te decía que lo que estábamos haciendo no estaba bien, pero ¿cómo iba a decirlo? Me tenías con cada hola. ¿Cómo podía eso ser malo?

“¿Te quieres venir a casa conmigo?”

Fue lo único que dijiste. Y claro que quería. Y claro que fui. Pero esta vez, te miré todo el camino mientras conducías deprisa. Te acaricié el cuello como tantas otras veces. Te besé en cada semáforo. Quise quedarme con cada detalle de tu cara, cada lunar, porque sabía que en los días negros necesitaría hacerme un mapa de tu cara para seguir hasta que volviéramos a encontrarnos. En otra época, en otra vida.

Cuando llegamos, hiciste de todo un ritual de té. Me desnudaste despacio, me recorriste lento con tus manos, acariciando cada centímetro de mí. No me dejaste acercarme a tu cuello hasta que terminaste y después, no pudimos pararnos. Nuestras manos, nuestras bocas, todo nuestro cuerpo ya se sabía el camino. “Encajamos como las piezas de un puzle”, me dijiste. “Siempre lo hacemos”.

Nunca te lo llegué a decir, pero tuve que contenerme las lágrimas todo el rato. Porque me hacías demasiado feliz. Porque oírte hablar de amor, aunque fuera así, era la droga más dulce que podías darme. Porque te quería todo entero sólo para mí. Porque me dijiste “Siempre”, y yo sabía que era mentira.

Fue el orgasmo más triste de mi vida.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, ya no era la misma. Te besé en la frente, te arropé, y me fui. Adiós a tu habitación siempre desordenada, adiós a los polvos rápidos después de no habernos visto en semanas y a los lentos de tener todo el tiempo del mundo para nosotros. Adiós a oler a ti a la mañana siguiente, a quitarte las legañas, a tu guitarra siempre ocupando sitio en una habitación donde no lo hay.

Adiós al amor de mi vida.

Adiós a ti.

Adiós a mi contigo.

Depresión, primera parte

Mamá, no estoy loca, te lo juro.

Pero a veces siento unas manos negras acariciándome el cuello.

Me asfixian.

 

Yo lo intento,

pero siento esta presión en el pecho,

este agujero negro que me vacía poco a poco…

y después de golpe.

 

Salgo de casa para no estar sola, te lo prometo,

pero a veces mis pies son pesas,

y alrededor de mi cuerpo todo son cadenas atadas al colchón.

Llevo dos semanas sin salir de aquí.

 

Mamá, yo sonrío, lo intento,

me miro al espejo y siempre hay un motivo.

Pero me derrumbo de repente,

mirando a la nada,

como si todo estuviera en mi contra y no supiera qué he hecho mal.

 

Creo que no estoy bien.

Creo que nunca lo he estado.

 

Creo que ha llegado el momento de pedir ayuda.

Sangre de tu sangre

“Y  aunque cada dos días me acuerde de tus pecas,

agarraré esta cuerda, me tiemblan las muñecas.

No pienso ser tu espía, ni tu mejor amigo, 

quiero que ames libre aunque sea sinmigo”.

-“Sinmigo”, Mr. Kilombo

La herida más grande la causa sangre de tu sangre.

El cuchillo más profundo lo clava sangre de tu sangre.

La cicatriz que menos cicatriza, el dolor que más duele.

Sangre de tu sangre.

La familia que se escoge.

 

Y aun así, perdonas.

Y aun así, deseas paz.

 

La ruptura más grande, la nuestra.

El vació más inmenso, el que dejas.

La felicidad más amarga, la que siento.

La saudade más cruel, la que causas.

 

Y aun así, me arrepiento.

Y aun así, te escribo.

 

No recuerdo las palabras.

Sólo el cristal rompiéndose en pedazos.

Sólo la mano, nunca la piedra.

No recuerdo las palabras.

 

Y aun así, duelen.

Y aun así, dañan.

 

No te pido que vuelvas, pero lo hago.

 

Y aun así, yo no quiero.

Y aun así, tú tampoco.

Aire

Nunca he sido diestra en el arte de mantenerme

en el equilibrio de aquel que disfruta sus días

sin miedo a un corazón roto.

Siempre he creído que era mejor mirar hacia la salida

que al interior de la casa,

porque nunca he sido capaz de pronunciar

‘compromiso’ sin escuchar ‘prisión’.

 

Pero abriste todas las ventanas.

La brisa vuelve a calar mis huesos,

el oxígeno llena mis pulmones.

Vuelvo a respirar.

 

No recordaba que dejarse llevar fuera tan fácil

como cuando bailamos descalzos por la cocina.

No sabía que, a veces, tirarse de cabeza con los ojos vendados

acaba con un colchón de plumas,

con unas manos grandes que acunan.

No pensaba que llegaría a ser capaz de definir

mi felicidad con un pronombre.

 

Pero abriste todas las ventanas.

La brisa vuelve a calar mis huesos,

el oxígeno llena mis pulmones.

Vuelvo a respirar.

 

Hoy se juntan la curva de mi guitarra y el horizonte de tu espalda.

Hoy se acaban los poemas.

Mi cuerpo

Mi cuerpo son raíces y me aferro.

Me extiendo por el suelo y crezco hacia abajo,

seco de nutrientes el pasado.

No me quedan flores.

Soy yerma.

Me aferro.

 

Mi cuerpo es una nube y lluevo.

Las lágrimas se llevan todo lo malo,

mientras tú bailas sin paraguas sobre mis charcos.

Te duermes con el sonido de mis tormentas,

me calmas y el cielo se despeja.

Soy vapor.

Lluevo.

 

Mi cuerpo es agua y fluyo.

Me dejo llevar por tu océano,

me cuelo entre las grietas y te busco,

desemboco en ti y me pierdo.

Soy cascada.

Fluyo.

 

 

Mi cuerpo es aire y floto.

He dejado de correr y mis piernas ya descansan.

He dejado de aferrarme y mis brazos se han dormido.

Mi cabeza ya no esta atrapada,

mis hombros ya no tienen peso.

Por fin soy ligera.

Por fin floto.

Redención

Me desnudo, me siento en la bañera y enciendo la ducha.

No me muevo, no pienso,

solo dejo que el agua caliente arrastre el peso de mis hombros hasta el desagüe.

Juro que he visto cómo la vida se me iba de las manos, con el agua hirviendo

desinfectándome el cuerpo como si yo fuera un herida abierta y ella el alcohol que necesitaba.

Todo lo sucio que hay en mí se desvanece.

De alguna manera,

el dolor que me produce es menos que la satisfacción de poder sentir algo que no sea vacío.

Las gotas son hierros al rojo vivo que me queman la piel hasta que no siento lo más mínimo.

La apatía por fuera a cambio de la apatía por dentro.

No sentir para sentir.

Otra puta paradoja.

Más de una vez me he imaginado disolviéndome en la bañera, dejando de existir, y he sonreído aumentando aún más la temperatura,

sintiendo una paz que roza al masoquismo.

Dicen que cada vez que te rompen el corazón aprendes algo nuevo de ti mismo.

Yo contigo he aprendido a redimirme.